| |
El Valor de la Confianza

Los intelectuales del mundo y LA NACION
Sábado 4 de agosto de 2007.
"Vivimos divididos, sin confianza en el otro y disgregados"
El filósofo José Luis Galimidi analiza el daño civil que causa el individualismo
Hay pocas cosas que molesten tanto al filósofo José Luis Galimidi
como el exceso de individualismo en el que, según dice, vivimos los
argentinos en estos tiempos de posmodernidad. Eso, sostiene, nos
lleva a estar desconectados unos de otros y a aceptar como un hecho
comprobado que somos incapaces de agruparnos y construir una
comunidad.
“Me sorprende el deterioro en que han caído espacios públicos
vitales, como la educación, y aun otros más populares, como el
fútbol. Son áreas capaces de brindar mucha riqueza y sentido, pero
hoy están deterioradas, porque vivimos divididos, desconfiando unos
de otros, y no cumplimos con los acuerdos básicos”, dice.
Para este pensador de 48 años, doctor en Filosofía, profesor en las
universidades de Buenos Aires y de San Andrés, que además es un
excelente cantante lírico (integra el Coro Polifónico Nacional) y un
tenista de categoría, el problema de fondo de los argentinos está en
que “hemos adelgazado mucho la porción del nosotros que está
presente en cada uno”.
“Cuando hay disgregación, el espacio se vuelve estratégico y deja de
ser fiable. El otro ya no me representa, la cooperación está
ausente, se corta la cadena contractual y las responsabilidades
quedan limitadas a ciertas articulaciones locales: mi familia, mi
grupo, mi fracción", afirma. Y da un ejemplo "de todos los días".
Dice que el caos en el tránsito es un insulto y una amenaza grave a
la integridad del prójimo, de la que no somos conscientes.
Galimidi, acostumbrado a debatir y analizar a fondo cuestiones que
hacen a nuestra cotidianeidad -temas que la mayoría de los
intelectuales no trata-, insiste sobre la centralidad que tiene la
verdad en nuestras vidas y los problemas que entraña su ausencia.
-¿Es posible vivir en la verdad?
-Es imposible vivir en la verdad total. Su posesión suele ser
esquiva e incierta. Pero también es imposible vivir sin aspirar a
dosis de verdad en nuestras vidas. La verdad es una tarea; no un
resultado impuesto. Cuesta ponerse en camino para buscarla, porque
hay que resignar prejuicios y pereza y hay que estar dispuesto a
luchar. La verdad tuya seguramente dolerá a otro, o competirá con la
verdad de otro.
-¿Qué consecuencias acarrea la falta de verdad en la vida diaria?
-Deteriora nuestra existencia. Su falta toma diferentes formas:
ignorancia, opinión liviana, engaño, irresponsabilidad y dogmatismo.
Lo peligroso, en cualquier caso, es que sin verdad uno desconfía,
básicamente, de sí mismo y de todo lo circundante. Uno no está
dispuesto a ponerse a la altura de lo que predica. Ser es ser una
promesa de intercambio leal y claro. Ser profesor es prometer que
uno va a poner sus conocimientos al servicio del estudiante, que lo
va a ayudar a acercarse a los contenidos de la materia. No cumplir
con esto es faltar a la promesa. Es no respetarse. Michael Walzer,
pensador político norteamericano, hace una distinción interesante
entre autoestima y autorrespeto. Dice que la autoestima es una
cualidad competitiva: uno la tiene según cómo le vaya en el mercado
en habilidades, profesión, belleza. En cambio, el autorrespeto es
una cualidad más fuerte, vinculada con estar o no a la altura de la
propia dignidad. Creo que hay que arriesgarse a perder autoestima en
pos de ganar autorrespeto.
-¿Le parece que el engaño se toma como algo natural en todos los
ámbitos?
-Sí. ¿Cuánto del "nosotros" está dispuesto cada uno a aceptar dentro
de sí mismo? La posmodernidad exacerbó la hiperindividualización y
la desconfianza del otro. El engaño es generalizado.
-¿ Qué características tiene esta posmodernidad en la Argentina?
-Varias: individualización, poca tolerancia a los procesos y a los
tiempos lentos, que son los que requieren, por ejemplo, el
aprendizaje y la lectura reflexiva; poco apego a las normas,
constante incumplimiento de promesas básicas. Vivir en una comunidad
implica promesas que hoy no se están cumpliendo. La promesa de que
si uno estudia y tiene carácter y voluntad conseguirá un puesto de
trabajo acorde con su preparación, de que alcanzará cierta
estabilidad laboral y cierto bienestar. Hay una sensación de desazón
que tiñe todo. No se ve en el otro el reconocimiento al mérito, al
esfuerzo, al trabajo, a lo que de verdad tiene valor. La línea entre
verdadero y falso se diluye. Otra característica es la disgregación.
Falta cooperación, los contratos más básicos no se cumplen, se
encarece el costo de las transacciones y el espacio se vuelve
estratégico. Entonces, ¿por qué no mentir? La mentira está presente
en todos los ámbitos desde la pequeña trampa individual hasta la
corrupción en la administración de justicia...
- ¿Qué otros problemas colectivos urge resolver?
-Lo que hoy hace peligrar nuestra existencia como comunidad es la
brecha feroz que hay entre incluidos y excluidos. Si no se pone como
plataforma política urgente terminar con la indigencia, nuestra
comunidad es una mentira. Hay que decirlo. Es grave que se tome la
exclusión como algo natural. Creo que en buena medida esto se debe a
que la realidad se redujo a relaciones legítimas del tipo "te doy
para que me des", lo que es propio del mercado de trabajo. Otro
problema serio es la educación. Se convive con el deterioro profundo
de la escuela secundaria. Los alumnos no demuestran el menor pudor
por sus lagunas académicas o por su pobre bagaje cultural. El
conocimiento carece de significación ante sus ojos. Por otra parte,
los maestros no tienen reconocimiento social. Sin educación, el
pueblo se desconstituye, pierde soberanía y se vuelve mera multitud
anómica y dominada.
-Usted ha escrito sobre la pandemia de accidentes de tránsito.
¿Cómo se entiende tanta irracionalidad al volante?
-Eso refleja otro deterioro del espacio público. Es insólito que
personas civilizadas en sus ámbitos de trabajo, que hacen la cola en
el cine, salgan a la calle a zigzaguear y a exigir paso. Sin
decirlo, están amenazando de muerte a los demás. Las actitudes que
están detrás de la inconducta vial son la prepotencia, la idolatría
por la tecnología, la agresividad, el desprecio machista por la
cortesía y la urbanidad. Son conductas propias del individuo que se
abandona al dominio de la masa.
-¿Por qué cuesta tanto acatar normas y es tan bajo el nivel de
apego a la ley?
- El déficit de legitimidad, entendida como ese plus espiritual o
ideológico que transforma el poder en autoridad, es evidente. La ley
y la norma son la expresión de una voluntad investida de autoridad y
poder. La mengua de alguno de estos elementos debilita los estímulos
de la población para obedecerlas. Por un lado, al poder político le
falta autoridad cuando la gente siente que el funcionario o el
sistema político no están al servicio del bien común. Ley sin
autoridad es, para el ciudadano, voluntad autoritaria. Esto se llama
crisis de representación. Si no me representan, entonces no veo por
qué tengo que obedecer. Por otra parte, a la autoridad pública se le
corroe el poder cuando la población en general, pero en particular
los grupos más favorecidos, cuidan exclusivamente sus beneficios y
caprichos privados. Yo apostaría a la capacidad de palanca de la
educación y, simultáneamente, a la administración de justicia. Mayor
educación propicia una mayor demanda de autoridad legítima. Mayor
capacidad judicial contiene los excesos propios de un sistema
socioeconómico individualista y competitivo.
Por Agustina Lanusse
De la Redacción de LA NACION
[Volver]
|
|
|
 |
|
 |
|
"Sin educación, el pueblo se desconstituye, pierde soberanía"
Foto: Rodolfo Pezzoni
|
|